El silbido del viento le erizaba la piel, pero él y su caballo Nano eran sólo una sombra que había parido la niebla.
La vislumbre del trigo maduro estremecido por las ráfagas, trajo recuerdos gastados por tanto pensarlos. Era el mejor serenatero. Cuántos amores florecieron enlazados en los arpegios de su guitarra. Y ella, con sus curvas de mujer, había sido su cómplice cuando decidió cantarle su amor a la más bella muchacha que sus ojos vieran.
Pasaba montado en el Nano recién domado, cuando la vió. Estaba sentada sobre el trébol fresco a la vera del río. Reía y conversaba con sus amigos del grupo que esa mañana habían llegado de la ciudad. Sus dientes pequeños y su boca delicada quedaron grabados en sus pupilas. Y sus ojos....Qué decir de dos luceros que lo encandilaron de un solo parpadeo cuando él, en un acto de osadía, frenó la marcha y saltó, ágil como pez contra el agua, ofreciéndole la cabalgadura.
Todos quedaron en silencio, sorprendidos por la insólita propuesta. Para romper el hielo y la imprudencia, sólo atinó a justificarse diciendo que era costumbre del pueblo ofrecerlas a los visitantes.
Recompuestos los gestos y las voces, hubo risas y chanzas sobre las habilidades ecuestres de algunos, aceptándose el convite para el día siguiente.
Pero ella no habló ni sonrió. Estaba tensa y alerta, como percibiendo el fuego que exhalaba el pecho del hombre.
Esa noche la cama era de espinas. No hubo sueño, sólo ansiosa espera.
El día amaneció bello y soleado. Llegaron a la caballeriza cerca del mediodía y la tropilla mansa los esperaba ensillada, lista para partir. El sería el guía pues con su caballo habían recorrido muchas veces esos campos.
Ella marchaba sobre una yegua blanca. Su cabello suelto era un trigal maduro desafiando al sol. El sintió celos del viento que los despeinaba. Ella apenas si lo miró al saludar. Hubo risas,anécdotas, fotografías. Volvieron cansados y sedientos. El tenía una sola sed.
A la medianoche se escuchó desde lejos la voz melodiosa del serenatero enamorado, al pie de la ventana del albergue.
Nadie abrió las puertas ni agradeció el halago. Al mediodía partieron.
El es un errante solitario, con su guitarra en riestra y el corazón reseco, muerto de sed.
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¡ QUÉ BELLO,Sil...!
ResponderEliminarMe encantó...me llevaste a ese lugar y pude percibir las sensaciones que describes en forma clara y contundente.¡te felicito!
abrazo.Gracia.