Lentamente avanzaba el hombre en su caballo, vencidos los dos por la dura jornada de labranza. Esa mañana, le tierra reseca se negaba a abrir su vientre para ser removida. Sólo quedaba la esperanza de que el agua rebelde,que se negaba a bajar y a bendecirlos , decida esa noche cancelar ausencias y llegar, por fin,a besar los campos.
No era sólo la deserción de la lluvia provocando estragos, lo que encadenaba el ánimo del hombre. Estaba también el salitre, tenaz y silencioso, comiéndose la tierra que lucía yerma y deseperanzada.
Sólo montes de espinas bajo el caldero insolente, dueño de la sed y del silencio, del hastío de breñas y arenales. Casi ausente de vida. Casi innecesaria.
Y él con su caballo, al ritmo del agobio sin tregua, eran silueta oscura sobre un horizonte opaco.
De pronto, como si nada lo preanunciara, un remolino vino a golpearles la piel, como queriendo espantar la tristeza que era una sola,compartida.
Y allí mismo el relámpago cruzando el cielo dijo ¡ presente !,alegrando el corazón del hombre y propiciando en la bestia un bufido inquieto y expectante.
Mágico envión dándoles brío, promesa que se concretó en gotas gordas que caen como pedradas húmedas sobre los solitarios transeúntes del salitral.
Ahora sí, urge procurar refugio firme, antes que las compuertas del cielo se abran y su carga de océano dulce fecunde, ávido de espera, el vientre generoso de la tierra.
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