domingo, 12 de julio de 2009

EL SUEÑO QUE YO SOÑABA

El sueño que yo soñaba, de placer no tenía nada.
Caminaba entre penumbras, o más bien, no caminaba.
A tientas puedo decir, que mi cuerpo se movía,
por que sólo era materia de carne y huesos, sin vida.
Qué cosa extraña, pensé. Quedarme así de repente !
Por que siempre imaginé, que si alma y cuerpo se separan,
seguro van a parar a oscura y fría morada.
No era sí lo que sentía, de helazón no tenía nada.
Más bien de fuego era el aura, que al momento me envolvía.
Y sin saber ni porqué, de pronto en breve descuido,
de un impulso repentino me veo pegado en el techo.
Qué visión tuve al instante de aquel lugar, Dios me salve !
Toda la miseria humana, candente, multiplicada.
Yo que era un saco vacío, quise escapar del suplicio.
Más no me pude librar por que en mi libre albedrío,
aposté a un amor prohibido, alma y vida sin recelo.
Y en esa apuesta tan necia, perdí el alma, más no el cuero.
El palomo que les habla, malherido, desplumado,
desalmado, consumido por aquel amor malsano,
ruega a quien sabe rezar y al cielo tiene llegada,
que suplique por su alma. No conoce el paradero.
No sabe si al despertar seguirá dormi-soñando
a tal vez soñi-durmiendo por el resto de sus días,
en este limbo infernal, con tanto tizón humano,
de estos cuerpos desalmados que ya no quieren soñar.

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