Rosa del Carmen era su nombre.
Hay en él resonancias antiguas
de abuelas y de santas vírgenes.
La vida le marcaba sólo un breve
camino al Gólgota Calvario.
Sufrimientos añejos y tristezas
de ángel.
Sus alas se plegaron al final
del otoño.
Los árboles lloraban con lágrimas
doradas.
Hace frío en la casa y el alma
se estremece.
El silencio que aturde se quiebra
en la guitarra.
Las cuerdas y los dedos que las pulsan
dolidos,
secan lágrimas vivas en los ojos
vencidos.
Los árboles persisten en su lamento
de oro.
Hay silencio en la casa. Se ha perdido
un tesoro.
30 de Mayo 2008.-
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