La mujer de dos nombres le decían,
aunque siempre se llamaba María.
Siendo niña pregunté aquel misterio
que detrás de esa historia se ocultaba.
No pude en el momento comprenderlo,
tuvieron que pasar más de quince años.
También sobre esos quince, otros tantos,
y al fin mi razón pudo asimirlarlo.
"Los hombres que escribieron nuestra historia,
la historia de los pueblos de este mundo,
juzgaron necesario y precavido,
que sólo ellos conozcan la escritura."
Mi madre me decía estas palabras
sonriendo, con tristeza en la mirada.
"Las leyes que los hombres sancionaban,
los derechos de mujer los ocultaban."
Y así fueron pasando tantos siglos
sin que nadie atinara al desagravio,
pues los hombres dictan leyes y decretos,
reafirmando su poder y sus mandatos.
Pero nada es para siempre, ni las leyes,
ni la historia reivindica tanto oprobio.
La mujer en su lucha silenciosa,
ha entregado hasta sus huesos en la hoguera.
Y mi madre ha vivido la apertura
de acunar entre sus manos el documento,
saber su identidad, derecho al voto,
ser parte del país de un nuevo tiempo.
Y pudo conocer, ya casi anciana,
que era otro su nombre y que María,
seguía acompañando al que ella amaba.
María Angélica quedó sólo en diplomas
del oficio que sustento le brindaba.
La María Margarita, ciudadana,
fue feliz. Ya no era sombra que acompaña.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario