En las siestas largas
de olvidado pueblo
los perros y los viejos
descabezan sueños.
Los niños escapan
rumbeando a la plaza.
No hay mejor combate
que el de las naranjas.
Esquivando espinas
ágiles se trepan
y arrancan los frutos
dorados, sin queja.
Hay risas y gritos,
aplausos y fiesta.
Y húmedos despojos
sobre la vereda.
Los niños felices.
El combate cesa.
Regresan a casa:
se acabó la fiesta.
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Qué triste el destino
del naranjo amargo
que en la plaza grande
se quedó llorando!!
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