En las siestas largas
de olvidado pueblo,
los perros y los viejos
descabezan sueños.
Los niños se escapan
rumbeando a la plaza.
no hay mejor combate
que el de las naranjas.
Esquivando espinas
ágiles se trepan
y arrancan los frutos
dorados, sin queja.
Hay risas y gritos;
aplausos y fiesta,
y húmedos despojos
sobre la vereda.
Los niños felices.
El combate cesa.
Regresan a casa.
Se acabó la fiesta.
. . . . .
Qué triste el destino
del naranjo amargo,
que en la plaza grande
se quedó llorando.
2008.-
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